Recorrido por Itxina. 20/06/2010
Atxular (1.100 mt). Bizkaia
Aunque el día se presenta nuboso y la amenaza de lluvia es algo más que una posibilidad, el optimismo de un grupo de senderistas nos impulsa a lanzarnos a la aventura de esta mañana de domingo.
El recorrido se inicia en el aparcamiento de Pagomakurre, lugar al que hemos accedido a través de la ciudad de Areatza (villaro), y donde la frescura de la mañana se deja sentir. Pero la lluvia no ha aparecido y no es una amenaza segura.
Nos introducimos en las verdes praderas que se extienden a nuestro frente, dejando a la derecha la pista que baja (o sube) desde las campas de Arraba. Una primera parte preparada para el campismo y las barbacoas deja paso a un bosque variado de hayas, fresnos, robles y tejos. Fundamentalmente, y casi a lo largo de todo el recorrido, el árbol dominante va a ser el haya, de grandes troncos unitarios que rápidamente se ramifican, y que crujen bajo el impulso del viento como si fuesen a partirse en cualquier momento.
El sendero serpentea entre los árboles, asciende y desciende ligeramente, se encuentra con puentecillos de madera preparados para dejar pasar las torrenteras, secas en este momento. Sigue sin llover e incluso el astro rey se deja ver ligeramente.
Al final el bosque desaparece y una explanada de pendiente consistente, dirige nuestra mirada hacia la pared que delimita el circo de Itxina entre algunos ejemplares de espinos florecidos. Nos dirigimos hacia ella mientras el Ojo de Atxular se hace cada vez más visible. El último tramo, hasta el paso, es más empinado pero su corto trayecto no desanima a nadie. Allá vamos.
Conseguido. La foto bajo el arco inmortaliza el momento. Hacia el otro lado empieza a verse la abundante masa caliza de este lugar. La empezamos a pisar. La primera impresión es la de estar en un laberinto de piedras y hayas que sube, baja, se hunde, se levanta más allá, y no parece acabar nunca. Además tomamos la dirección a la Cueva de Superlegor que nos obliga a experimentar todo esto durante el recorrido. El camino entre, y sobre, las rocas es sencillo siguiendo el sendero bien pisado y marcado.
Al final tenemos la cueva a nuestro frente. Una impresionante cavidad de varias decenas de metros, en donde la tradición sitúa una de las residencias que la diosa Mari tenía en el Gorbea. Su amplia boca permite distinguir sus detalles en la primera parte de la cueva e incluso una bifurcación, hacia la izquierda, que conduce a una sala final en donde el sol se introduce por dos agujeros en el techo. La columna de claridad reproduce impresiones casi bíblicas.
El regreso se realiza por el mismo camino hasta la base del Ojo de Atxular, en donde tomamos una desviación hacia el sur, para recorrer de forma casi circular todo el circo de piedra. Después de un pequeño repecho, llegamos a una borda, al lado de una cabaña de pastores. Entre las paredes de piedra y la suave alfombra de verde pasto, hacemos una parada técnica para reponer fuerzas y comentar las incidencias de la jornada.
Una vez repuestos continuamos el camino. A nuestro frente se eleva imponente el Gorbea aunque aparentemente demasiado lejano e inaccesible por diversos bosques y barrancos. No le hacemos caso, alejándonos de él y acercándonos más a la falda de Lekanda.
El camino se vuelve más escarpado y rocoso, como si quisiera impedirnos el paso. Hasta que alcanzamos el cordal superior y, ante nosotros se abre una planicie extensa, salpicada por algunos espinos o abedules aislados, y ocupada por numerosas cabezas de ganado: vacas, caballos y ovejas, comen en armonía e indiferencia. Un pequeño arroyo que viene hacia nosotros, se hunde, a nuestros pies, en las entrañas del prado para salvar el impedimento de la pared rocosa. Quien sabe donde aparecerá, al otro lado.
El trayecto agradable por el suave piso, evitando las zonas encharcadas por el arroyo, nos conduce casi inexorablemente al refugio, en donde unos enormes cafés calientes nos ponen a tono el cuerpo, y despierta la mente para conversar sobre cualquier tema que se presente.
Desde aquí tenemos dos alternativas: tomar hacia el sur por el camino que nos conduce directamente a la cima, o tomar el sentido contrario hacia el valle. La hora de la tarde hace que sea más prudente tomar este último por la pista que nos lleva, en suave descenso, a nuestro punto de partida. Mientras tanto, la vista se pierde en las pequeñas casitas del valle, allá a lo lejos, o en las cimas difuminadas en el horizonte por el claro oscuro de la tarde.
Y no ha llovido. Fin de un agradable día de paseo montañero. Nos felicitamos todos por el acierto al decidir este recorrido en este día, y nos despedimos de la montaña hasta la próxima jornada.
ddmjmd dijo
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2 Diciembre 2010 | 01:20 AM