Castro Valnera 05/07/09
Castro Valnero (1781 m.) Burgos
Comienza un caluroso día de verano, quizás demasiado para los montes cántabros de la zona de Lunada, en donde los árboles fueron talados hace años y no se ha vuelto a pensar en su reposición. El viaje inicial es un coche, por Espinosa de los Monteros y Las Machorras, en dirección al valle pasiego del Pas. Antes de alcanzar el alto de Estacas de Trueba, se inicia el recorrido junto al río Trueba un arroyo de escasa agua por la época.
A nuestro frente el Castro Valnera, a la izquierda la Peña Negra o La Capía (1509 m) y a la derecha el Cubada Grande (1605 m.).
Se inicia la ascensión por verdes laderas de monte bajo, surcadas por las cicatrices de torrenteras secas, en donde predomina el pasto salpicado de otras especies como arándanos o brezo. El sendero se desliza por la ladera de la Peña Negra y se dirige directo a la base del Castro Valnera. En el camino dejamos varias cabañas, algunas muy deterioradas, símbolo de la vida pasiega. Al llegar al llano que separa los dos montes, se divisa una línea rocosa horizontal que corta el paso y habrá que superar.
La ascensión es tendida pero de poca dificultad. Una vez superada la zona rocosa por un camino entre rocas, casi tallado a mano, se hace senda llevadera en un paisaje cada vez más rocoso y con menos verdor, hasta llegar a la cima, en un pequeño promontorio rocoso. Desde aquí, hacia el norte, la caída es impresionante e imposible de recorrer, aunque la falta de árboles hace que el paisaje sea suave y sedante. La vista es clara y diáfana y el sol pica en todo lo alto, así que, tras un ligero descanso, realizamos el descenso por el mismo camino hasta volver al llano que nos separa del Cubada Grande.
Y vamos a por él. La pendiente es superior al anterior, aunque su altura sea menor, por lo que el esfuerzo se hace notar. El paisaje y el entorno son similares. El brezo se halla florecido y se hace espectacular en determinados puntos. Incluso al pisarlo durante la caminata, de lo tapizado que se encuentra, no se nota la huella. Al llegar arriba un farallón de rocas impide el paso a la cima, por lo que es necesario un pequeño recorrido en círculo hasta encontrar un paso natural que nos permita salvarlo. Vistas similares, ausencia de árboles y sol a tope, nos acompañan en la cima.
Un descano y empieza el descenso. Lo realizamos por la vertiente contraria que, aunque sea de fuerte pendiente, es fácil de recorrer y nos lleva más directamente al punto de partida. Simplemente hay que descender hasta el arroyo casi seco que hemos visto en el ascenso, recorrerlo durante un tiempo, cruzarlo y cerrar el círculo. La única novedad está en la vegetación, dominada por los helechos de grandes dimensiones y los espinos de fuertes púas que, gracias a que aún eran jóvenes y de poca altura, provocan menos heridas de las esperadas.
Al llegar al río Trueba se hace inevitable quitarse las botas y meterse en el agua. Incluso es posible darse un fresco baño en una gran piscina natural formada entre las rocas del cauce. Luego reunión general, despedida y viaje de vuelta.